Este es el sueño de una madrugada en la que la tos que tenía hace una semana ya había invitado a la fiebre a vivir conmigo:
Camino por una calle de casas blancas y altos edificios de apartamentos, voy buscando una dirección. En una esquina se encuentra la casa que busco, es blanca y toco el timbre. Pregunto por un doctor. Me abre la reja una indígena que me dice que el doctor no está y que puedo esperarlo adentro. Yo lo espero en la misma entrada, sin decidirme a terminar de bajar las escaleras en las que estoy, sin separarme de la reja de la calle. Ella se queda allí mirándome.
Me despierto, decido voltearme en mi cama hacia el lado izquierdo pero no encuentro comodidad, giro mi cuerpo hacia la derecha y empiezo a dar vueltas en la cama. Cada vez que lo hago siento que alguien me enrolla. Ahora siento que estoy dentro de una crisálida o que soy la presa de alguna araña que aprovecha mis movimientos para enredarme con su hilo.
Pero no me asusto porque alguien me dice al oído que cuando deje de moverme y rompa la envoltura de seda estaré curada...
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El primero: un sueño en tecnicolor
Thursday, 1 June 2006 § 1
Es un escenario de arena con luces azules que iluminan de manera que el fondo se ve azul claro y la superficie azul oscura. La iluminación más fuerte proviene de atrás del telón, por lo tanto no distingo bien las figuras porque se confunden con su propia sombra. Me acerco para ver mejor. Hay una vasija, es algo así como un poporo y está roto en la parte inferior. Me acerco más, pero a medida que lo hago el hueco se va transformando en una boca. Y esta boca se va abriendo. Y grita. Y es un grito desgarrador.
⁂
"Mi sicólogo quiere conocerte”, me dijo Andrés. Esa tarde entré y hablé con un señor que sabía sobre mí un montón de cosas que yo ignoraba, un señor que me había visto hasta ese instante a través de los ojos de alguien más. Hablamos de señales y de cómo a veces creíamos ser capaces de presentir o incluso de profetizar. Él me habló de cómo su argolla de matrimonio un día se puso negra y se rompió. Yo le hablé de un reloj que se me escapó de la muñeca una noche cuando estiré la mano para agarrar un vaso en una mesa. Le hablé de lo que soñaba. “Me encanta como sueñas” y me pasó un correo electrónico para que escribiera mis sueños y se los fuera enviando. Nunca lo hice. Sin embargo, la idea me gustó y empecé, cada mañana, a transcribir en un cuaderno lo que acababa de soñar. Sólo para mí.
Luego de rechazarle un par de invitaciones a tomar café, el sicólogo se desvaneció.
Cuando mi matrimonio con Juan volvió a la normalidad, Andrés también se desvaneció.
Algunos años después se desvanecería Juan.
He seguido conociendo otras personas que tarde o temprano se desvanecen igual.
Sólo siguen constantes los sueños.
Consignados en un cuaderno.
Algunos aquí.